9 de julio de 2007

Vernacularia


Una calma que amamanta el pasto. No sabe de cuadriles, cuadradas, nalgas ni bolas de lomo. Amamanta su tranquilidad a fuerza de permanencia. No conoce de destinos, ni siquiera desata secretos. Piensa en si, piensa sobre si, piensa con las pezuñas en el barro. Acaso nos mira de cerca, nos palmea despacito, nos mece en la luz menos lunar. ¿Y qué hacer con todo eso? Nada. El más puro, sincero, conmovedor e inquietante nada.

Sentadito


Hacía mucho que no me respiraba,
que no jugaba ni fingía en mi espera.

De algunos, en cuentos


Ella, como un hilito de palabra que se extiende en el tiempo, realiza prácticas intervencionistas a los colores más pálidos que supe tener.
Toma de espaldas a la escondida toda y amaga salir a desear por otros aires. Mira de reojo, vuelve a esperar, vuelve a mirar.
Afila las garras por las dudas, desciende, crece pequeña, suelta el humo.
Yo intento llegar a lo blanco de su piel y por momentos lo consigo.
Tanto decir la vuelve precisa, tanto silencio la vuelve cayo, quemadura, cosquilla de estómago. Tiene propagandas de ella misma dibujadas en la piel y con el cielo una relación particular.
Postulante a gobernante infernal, me mira con el agua de sus ojos… y lo cierto es que por mi sonrisa irrumpe en increíble expedición a mis adentros y luego de jugar por días, sale dejando un desorden de órganos y sangre, que hasta el corazón se me hace difícil de encontrar.