De las partes subsiguientes (o fe de erratas)


Lo más fantástico de tales conductas registradas, es que esta exorbitante necesidad de subterfugio está sujeta a apariciones aún más sorprendentes. Porque después de todo, ¿qué es la escondida sino la promesa de una fenomenal aparición?
Y es que ella supo historiar huidas, trotes y carreras de embolsados, sin embargo también sabe que ahora mira de reojo –sólo para luego mirar de frente-, que aprendió a esperar el momento en el que sus ojos la asoman, y en el que luego de dar tres pequeñas vueltitas amagando algaradas semánticas, aparece de una forma tan explícita que haría sonrojar a la mismísima existencia. Estallidos luminosos, colores que se pintan solos, palabras fuertes, tiernas, esofágicas, pulmonares y enzapatadas a la vez. De tanta pretérita oscuridad, fogonazos semejantes amenazarían con dejarnos ciegos, sin embargo pocas veces se puede ver tan todo tan exacto. ¿Y qué hacer con tanto suspiro? Bueno, en principio compartirlo, y luego dejarlo bailar.

Y ya van como cuatro.


Si tan sólo lo que calla no se hiciese chirriante estridencia… Pero por más que tapio la entrada de mis ojos, no puedo más que verlo. Es que en esa boca hay mucho más que palabras, saliva, dientes, aires, lengua, ojos, otras bocas. Y es quizás el costadito izquierdo de su sonrisa donde comienza a derrumbarse todo. De allí se descuelgan los escondrijos, los silencios, las siluetas, las almohadas ajenas. Yo, mientras tanto, empiezo a tirar de un hilito blanco que huye por su comisura. Primero aparecen las palabras fuertes, luego las más tiernas, el esófago, los pulmones y hasta los zapatos. Ni si quiera sé que hacer con tanto suspiro.

shhhhh...


Mirame.
Marchose.
Fuese.
Dejola.
Doy tres pasos hacia atrás,
Miro sin mirar.
Esperola.
Cacheteome.
Sin mirar miro.
Pienso en talar la puntita de todos los árboles, empujar a las viejas que caminan por la vereda, callar todas las frases que no empiecen con “mierda”, pensar todas las que hablen de otros lugares, lamer absolutamente todas las baldosas pisadas por mi mismo.
No me mira.
No me mira.
No lo dice.
No lo digo.
Pateo a la última vieja que quedaba en pie.
Hago avioncitos con fotos viejas, que de viejas sólo tienen su sonrisa.
Doy seis pasitos más hacia atrás.
Sonrío, quieta que sonrío.
Raspame
Escondome.
Peinome.
Esperola.
Dejola.
Sueñola.
Dejola…
Dejola
Dejome

Reencarno en mi mismo y empiezo de nuevo.
Doy nuevos nueve pasos hacia atrás,
Trato de no llevar la cuenta pero ya van como más de cuatro.
En silente plan de quemar todos los diarios, acerco un fósforo que durará lo que su madera tarde en consumirse.
Insulto a todas las palabras, en especial a las que salen de mi boca.
Insulto a los insultos por no servir para nada.
Detengo la gotita de agua salada que escurre desde mis ojos hoyos.
Dejola.
Dejola escurrirse.
Saludola.
Yo miro.
Parome en la puntita de los árboles talados.
Parome en la puntita del rulo de las viejas.
Parome en las palabras dichas, en las frases calladas, encalladas, llenas de cayos… por lo viejas.
Parome en mi baldosa y de ahí no pienso moverme…
Y si acaso tenés ganas, rinoceronte de papel, vas a tener que dar tu mejor topetazo.

Preludio


Profiriendo improperios precisos, me promete las praderas más expresas. Primor primaveral, aprende a preparar lo imprevisible, lo sorpresivo. Presta a la proclama, prefiere profanar lo principal, lo primordial de mi pragmática. Como próstata presa de la supremacía presentada, o prepucio precavido, pruebo apresarla en pretérito, en profunda prosperidad, en precoz privacidad. Pretendemos preparar el proyecto reprimido por prelados y pronuncios, practicas sorprendentes en las partes pretendidas previamente por ambos. Probablemente, predestinados, reprobemos a propósito las pruebas sólo para pronunciarnos como practicantes principiantes -no profesionales- de las prosas más preciadas por lo preciosas.

Monoestacionaria


Parece fría en invierno, pero demuestra que no tiene con el mundo una relación climática. Sencillamente esquiva cualquier clase de contacto, cualquier sonrisa de estación, cualquier vuelo raso que la llegue a despeinar. Traza en su cuaderno estrategias de entendimientos con lo más próximo, con lo que está bajo sus uñas, pequeños microbios, restos de piel, colección de humanidades. Sin embargo, autopista cardíaca, clava pequeños escarbadientes en su ventrículo preferido… el del otro.
Y si hasta el alcaucil tiene corazón, no entiendo bien por qué no se consigue uno.

Ingenealógicamente hablando, ¿no?


Tengo un familiar lejano, muy lejano
Tengo un familiar lejano que no conozco, que no conocí ni conoceré
Tengo un familiar lejano que me visita a diario
Tengo un familiar lejano que no deja de estrellarse con su avioneta.
Tengo un familiar lejano que se estrella.
Tengo un familiar lejano que cada vez, se tira sin mirar, sin mirarme.
Tengo un familiar lejano que pelea contra su sombra.
Tengo un familiar lejano que pierde sus peleas contra su sombra.
Tengo un familiar lejano que no existe.
Tengo un familiar lejano que soy yo en familiar lejano.
Tengo un familiar lejano que me berrea a cada rato
Tengo un familiar lejano que me lima las durezas.
Tengo un familiar lejano que me airea con su mirada.
Tengo un familiar lejano que no es tan lejano…

Muy muyñeca


En la espera de algún tiempo más noble, me entretengo contando puntitos rojos en la pared. En el momento en que comienzan a volverse muñequitos diminutos, los dejos de mirar. Sin embargo los hombrecitos no deciden desvanecerse y comienzan a bailar danzas étnicas en lo marginal de mi piel. Agarro uno, con presión amenazante, pero el muy astuto sólo se ríe. Adjudica cosquillas, y el resto ríe con complicidad. No niego que algo de todo eso me resulta un tanto divertido, pero también indignante. Poco puedo hacer al respecto. Por ello devuelvo uno a uno los muñequitos a la pared y sigo mirando los puntitos sangre. Al contemplar la ausencia de uno de ellos, miro para adentro y lo veo, silueta femenina, grabadita en mi pupila. Tatuaje del tiempo, decide quedarse, habitar el espacio, preparar té para acompañar la espera.

Vernacularia


Una calma que amamanta el pasto. No sabe de cuadriles, cuadradas, nalgas ni bolas de lomo. Amamanta su tranquilidad a fuerza de permanencia. No conoce de destinos, ni siquiera desata secretos. Piensa en si, piensa sobre si, piensa con las pezuñas en el barro. Acaso nos mira de cerca, nos palmea despacito, nos mece en la luz menos lunar. ¿Y qué hacer con todo eso? Nada. El más puro, sincero, conmovedor e inquietante nada.

Sentadito


Hacía mucho que no me respiraba,
que no jugaba ni fingía en mi espera.

De algunos, en cuentos


Ella, como un hilito de palabra que se extiende en el tiempo, realiza prácticas intervencionistas a los colores más pálidos que supe tener.
Toma de espaldas a la escondida toda y amaga salir a desear por otros aires. Mira de reojo, vuelve a esperar, vuelve a mirar.
Afila las garras por las dudas, desciende, crece pequeña, suelta el humo.
Yo intento llegar a lo blanco de su piel y por momentos lo consigo.
Tanto decir la vuelve precisa, tanto silencio la vuelve cayo, quemadura, cosquilla de estómago. Tiene propagandas de ella misma dibujadas en la piel y con el cielo una relación particular.
Postulante a gobernante infernal, me mira con el agua de sus ojos… y lo cierto es que por mi sonrisa irrumpe en increíble expedición a mis adentros y luego de jugar por días, sale dejando un desorden de órganos y sangre, que hasta el corazón se me hace difícil de encontrar.

Lo inevitable de algunas corrientes


Una olita de lo más mínima, arrancó sus pies de lugar, también mínimos. Cuando volvió a su casa no supo cómo justificar la ausencia, el aire nuevo, la sonrisa aún permanente.

Espumosa


El bailecito de su pelo, esconde las algaradas más coquetas, más terribles.
Mano, cara, dedo, pecho, color calor colador de amargores.
De entre sus labios apretados se esconde la lejanía distintiva,
el desprecio profundo,
el disgusto encordado,
el horror de sus piernas,
los quince o dieciséis que sabemos de su alunado lugar.
¿Es que todo el mundo encuentra alzados a los ombúes?

Niñería


María alcanzó la edad temprana, la edad. 
Fue desde su cuerpo salado donde saltó a su encuentro. 
Calientito a su mirada, él repuso los dados dentro del cubilete, sobre la mesa, y empezó de nuevo. 
Cuatro al cuatro, y uno perdido, prácticamente hermético.
Como quien no quiere la cosa, ella comenzó a saborearlo, alimentando mojarras y lombrices estomacales. 
Él calculó el tiempo, hacía cuánto ella no lo miraba, y lloró una tinta de lo más clara y liviana. 
Sus órganos muertos, de dolor, de risa, de ella, no lo dejaban en paz y como una oveja que sabe peinar sus lanas al viento vientre, no pudo desatar el nombre de lo salado. 
Ella intentó, con sus cuatro manos llenar el aire, reunión de huesitos, con luz de su vientre enfermo. 
Él dejó los dados en la mesa, desordenados, casi muertos y se fue. 
María permaneció quieta, expectante, como una pequeña y enrojecida flor cúbica.

Escritura para empastar el tiempo.


Palpitando un ahora precoz, ella vive en la punta de sus dedos, junto a un poco de saliva, un algo de tinta, un tanto de aquello, un mucho de lo oscuro, un ritmo parejo, un humo blanco compartido, un carácter descubierto, un rulo ante el espejo. Cualquiera que desee probarla, toque a su puerta, a su cómo. Pequeña los recibe y promete escurrirse sólo un poco

Acontecimiento mínimo


En movimiento ascendente prepara su ceja para estallar. El recorrido es claro, la mancha se esparce, la basura deviene basura. Aparecen sus dientes, encuentra sus manos. Observa a derecha y luego a izquierda, diversificando sus miradas, multiplicando sus ojos hasta que uno, el más juguetón, se le cae de la cara. Estallan los aplausos.

Respirando hondo


Una tropilla en celo cielo, me crea complicaciones de oso, pequeñas respuestas, pequeños osos. Y donde la compleja percepción me oculta humores de los más próximos, su sonrisa calma las incertidumbres de mis arrugas jugosas.

Casi sin darse cuenta




De cabeza en cabeza va saltando la velocidad más triste de su mirada. Mujer sonido, hermosea el sudor canela de su piel, envidia de sí misma. Entierra con párpados a quien se profesa ante sus pestañas. Cuando abre los ojos, él sigue allí, el muy persistente. Acaso no es amor, acaso no es insistencia, acaso no es lo mismo, acaso es todo eso junto y algo mezclado.