3 de julio de 2007

Lo inevitable de algunas corrientes


Una olita de lo más mínima, arrancó sus pies de lugar, también mínimos. Cuando volvió a su casa no supo cómo justificar la ausencia, el aire nuevo, la sonrisa aún permanente.

Espumosa


El bailecito de su pelo, esconde las algaradas más coquetas, más terribles.
Mano, cara, dedo, pecho, color calor colador de amargores.
De entre sus labios apretados se esconde la lejanía distintiva,
el desprecio profundo,
el disgusto encordado,
el horror de sus piernas,
los quince o dieciséis que sabemos de su alunado lugar.
¿Es que todo el mundo encuentra alzados a los ombúes?

Niñería


María alcanzó la edad temprana, la edad. Fue desde su cuerpo salado donde saltó a su encuentro. Calientito a su mirada, él repuso los dados dentro del cubilete, sobre la mesa, y empezó de nuevo. Cuatro al cuatro, y uno perdido, prácticamente hermético. Como quien no quiere la cosa, ella comenzó a saborearlo, alimentando mojarras y lombrices estomacales. Él calculó el tiempo, hacía cuánto ella no lo miraba, y lloró una tinta de lo más clara y liviana. Sus órganos muertos, de dolor, de risa, de ella, no lo dejaban en paz y como una oveja que sabe peinar sus lanas al viento vientre, no pudo desatar el nombre de lo salado. Ella intentó, con sus cuatro manos llenar el aire, reunión de huesitos, con luz de su vientre enfermo. Él dejó los dados en la mesa, desordenados, casi muertos y se fue. María permaneció quieta, expectante, como una pequeña y enrojecida flor cúbica.

Escritura para empastar el tiempo.


Palpitando un ahora precoz, ella vive en la punta de sus dedos, junto a un poco de saliva, un algo de tinta, un tanto de aquello, un mucho de lo oscuro, un ritmo parejo, un humo blanco compartido, un carácter descubierto, un rulo ante el espejo. Cualquiera que desee probarla, toque a su puerta, a su cómo. Pequeña los recibe y promete escurrirse sólo un poco